martes, 22 de marzo de 2011

Realidad/Realismo (s. XIX)

La unión de unas renovadas ganas por vivir mil experiencias junto con la felicidad continua que provocan esos cosquilleos que siento en el vientre, a los que mucha gente llama mariposas, me hacen saber que le quiero, y por consecuencia, que siento una dependencia hacia él que resulta hasta enfermiza: sólo soy capaz de sonreír si sé que él es feliz, incluso preferiría que no me quisiera antes que su desgracia, pues prefiero sufrir cien años antes que verle derramar una sola lágrima.
Es comprensible la concordancia entre el estado anímico y el paisaje que a veces afirman algunos enamorados, ya que cuando te inunda una felicidad de ese tipo que resulta abrumador, hasta la más terrible tormenta te parece hermosa, y por mucho sol que corone el cielo, cuando sólo querrías rendirte a la melancolía, te parecerá una claridad de lo más angustiosa.
Puedo describir mi estado de ánimo como euforia, un estado repleto de adrenalina y bienestar, tranquilidad a pesar de mi carácter nervioso y una plenitud que no me permite sentir ningún tipo de vacío emocional en ninguna circunstancia.
Puede que no sienta la mayor felicidad de mi vida cuando me coge de la mano y no vendería mi alma por alargar ese momento unos segundos, pero sí que podría jurar que siento una plenitud interior que no cambiaría por nada y que él es quien provoca un impulso diario para continuar luchando contra todos los obstáculos que se me cruzan. Le debo tantas cosas que no podría compensarle en cien años, y por eso le quiero, así.

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